COLABORACIÓN DE FEDERICO

Era el siglo XIX cuando un estudiante de historia y literatura clásica, llamado William Gladstone, notó por primera vez que en “La Odisea” Homero describe frecuentemente el mar como si fuera “colorado de vino rojo oscuro”. Ademas, esta no es la única extrañeza sobre los colores en la máxima obra de la poesía griega antigua.

Aunque el poeta ciego escribió miles de páginas más, y describió con cuidado extremo todos los detalles sobre la ropa con la que sus personajes se vestían, las armas que tenían, las expresiones faciales, los animales y más, y todo tiene un nivel de precisión única, su descripciones de los colores son ambiguas. En particular, nunca se habla del color azul.

Ya que tenia curiosidad sobre este hecho peculiar, Gladston empezó a buscar el azul en otros textos griegos contemporáneos a la Odisea, y la conclusión fue la misma: nunca había nada descrito así. En aquella época, la palabra “azul” no existía, y tampoco “rojo” y “verde” eran comunes.

Este descubrimiento de Gladstone no está unicamente restringido a la literatura griega antigua. Varios filólogos después estudiaron este problema, y descubrieron que la escasez de los colores fue común en todas las culturas de ese periodo.

Finalmente, los antropólogos descubrieron que cada idioma al principio tenía solamente una palabra para decir “blanco” y una para “negro”. Posteriormente nacieron el rojo, y después el verde y el amarillo. Solamente al final, apareció el azul.

La pregunta que surge ahora es la siguiente: si alguien no conoce una palabra para describir un color, ¿puede ver ese mismo color? O quizás, por otra parte, ¿el lenguaje que tenemos puede condicionar de manera tan enorme la realidad que sentimos?

Un investigador, Guy Deutscher, hizo un experimento para clarificar esta cuestión. El nunca enseñó la palabra “azul” ni tampoco el concepto de “ser azul” a un grupo de niños. Cuando ellos fueron bastante grandes para poder hablar y comprender las preguntas, él los interrogó acerca de qué color era el cielo.

Los niños no tenían ni idea. Para ellos el cielo era incoloro. Algunos dijeron que es blanco, otros verde claro y solamente dos se preguntaban si quizás fuera de un color diferente.

Un investigador más, Jules Davidoff, viajó a Namibia para intentar resolver definitivamente esta cuestión. Allí en África, él condujo un experimento con miembros de la tribu Himbas, gente que todavía hoy no tiene una palabra para el azul.

Cuando él les enseñó once cuadrados verdes y uno azul, ellos tampoco pudieron decidir cuál es de un color diferente, exactamente como los niños de antes. Pero, por el contrario, los Himbas tienen más de cuarenta palabras diferentes para decir verde.

Por esto, cuando en el mismo tipo de experimento miran a once cuadrados verdes, y uno de un verde distinto, pueden inmediatamente señalar el que es diferente.

¿Y tú? ¿Puedes hacer lo mismo? ¿Qué cuadrado es de un color diferente? ¿Lo puedes adivinar a primera vista? Para la mayoría de nosotros, ¡esta es una pregunta verdaderamente difícil!

verdes

Y esta es la respuesta:

unicoverde

En conclusión, yo creo que es verdad que el lenguaje que una persona tiene puede influenciar mucho la percepción del mundo que está a nuestro alrededor.

Habiendo dicho esto, os dejo imaginar cuántos colores no podéis ver, simplemente porque no hay palabras equivalentes en vuestro idioma.

Nota final:

Ese texto no es muy original. La lectura del artículo “No one could see the color blue until modern times”, de Kevin Loria, me influyó mucho, y por esto algunos trozos de este texto son una simple traducción al español de ese otro.

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