Esta es la historia de un profesor de Dallas que acaba de jubilarse después de cuarenta años de ejercer su profesión. Su nombre está en las noticias estos días por una peculiar costumbre: durante esos cuarenta años, Dale Irby (así se llama) ha aparecido en los sucesivos libros de fotos de cada año académico en su escuela enfundado en la misma camisa y el mismo jersey.

Según ha contado el protagonista, al principio se trató de una confusión, pero decidió continuar con su “uniforme” cinco años más hasta que, finalmente, se convirtió en una tradición que ha durado cuatro décadas.

Él explica que por la época de las primeras fotos, no tenía en realidad otra cosa que ponerse. Pero como era de esperar, las imágenes donde se le ve con su camisa de generoso cuello y su jersey de pico color café han dado lugar a todo tipo de comentarios y de chanzas.

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A mí la historia me ha producido angustia. Vale que al principio pudiera tener su gracia, pero ¿qué sientes cuando te vistes con las mismas prendas 10 años después? ¿Y qué te pasa por la cabeza 20 cursos más tarde? ¿Y a los 35? ¿Y el último año?

Yo encuentro una evolución poco apetecible en este modo de presentarse anualmente para la foto oficial de la escuela: es cierto que comienza siendo un despiste que continúa luego como una broma (“cinco años más y lo dejo”); después se va transformando en un hábito cómodo (y poco costoso) hasta establecerse como una manía (disculpable, ¿no?) de esas que todo profesor tiene. Y acaba derivando en una extravagancia o lo que es peor aún: en un anacronismo. Acudes cada año junto con tus alumnos a la cita con el fotógrafo embutido en un disfraz.

Cuál sea la indumentaria que cada uno elige para su vida cotidiana no es asunto de nadie. Lo que me deja pensativa es una costumbre en lo externo como metáfora de una mentalidad y un modo de ejercer la profesión. Y no lo digo por el bueno de Dale Irby, que tiene aspecto de haber sido un magnífico profesor de gimnasia y así lo expresan sus compañeros.

Me preocupa la profesionalidad de mi ropero y no ser capaz de mantenerlo libre de manías y antiguallas. Quizá el verano sea un buen momento para hacer limpieza.

(foto)

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