Colaboración de ELISABETTA

Hace tiempo que mi mamá me envió un email que me conmovió. Durante el día ella suele enviarme correos de los más variados: con chistes, fotos tiernas, noticias interesantes o particulares. Dado que no tenemos mucho tiempo para hablar, aunque yo viva todavía en casa con mis padres, es su manera de estar a mi lado y hacerme partícipe de las cosas que le llaman la atención.

Ese día en particular, el email contenía un enlace para un video en Youtube. Yo le eché un vistazo, sin poner mucha atención, distraída, como siempre estoy, por muchas cosas que intento hacer todas al mismo tiempo.  Sin embargo, cuando empezó el video las dejé todas… cerré las otras pestañas en las que estaba trabajando, concentrándome en la música. Porque la música era todo. La música era increíble.

El video trataba de un hombre tocando el violín en una estación del metro… una imagen que todos estamos acostumbrados a ver cada día sin darnos cuenta. Siempre hay alguien tocando en el metro, en este lugar tan frio e impersonal; teatro donde solo actúan la prisa y la indiferencia.

Es uno de los símbolos que incorporan la cultura de nuestra época, un lugar de tránsito donde todos corremos hacia incontables direcciones misteriosas, perdidos en nuestros asuntos, nunca concentrados en el momento presente. Así que jamás hacemos caso a estos intermedios musicales y, sin embargo, a mi me pasa que me doy cuenta de ellos, porque por un momento, por solo un instante dejo de pensar en lo que tengo que hacer, olvido cómo me siento, si estoy triste, feliz, emocionada u agobiada. Solo escucho la música y me da una indescriptible sensación de esperanza y de solidaridad hacia el músico (sobre todo si el tío toca bien 🙂 ), pero al mismo tiempo me pone triste todo el contexto.

Bueno, la cuestión es que, esta vez, el violinista no era un artista callejero cualquiera…

… sino Joshua Bell, un famoso violinista americano, un niño prodigio que tocó como solista por primera vez a los 14 años en la Philadelphia Orchestra dirigida por Riccardo Muti.

En 2007 Joshua Bell se prestó para un experimento de sociología del diario The Washington Post sobre la percepción y las prioridades de la gente. Un viernes por la mañana, en el metro de Washington DC uno de los violinistas más talentosos al mundo, tocó de incognito durante 45 minutos, interpretando solo una de las piezas más complejas jamás escritas, en un violín Stradivari de 1713 llamado Gibson ex Huberman por valor de 3,5 millones de dólares (por curiosidad, estos violines, los más prestigiosos, se hacen en mi ciudad natal, Cremona, donde nació precisamente Antonio Stradivari…, pero esa es otra historia).

Al final Joshua Bell recaudó $32, solo seis personas se detuvieron para escucharlo un tiempo. Los que pusieron más atención fueron niños pequeños. El músico fue prácticamente ignorado por los demás, que siguieron caminando sin darse cuenta de nada. Cuando terminó de tocar, nadie aplaudió y no hubo ningún reconocimiento.

Dos días antes de la performance en el metro, Bell había agotado las entradas de un teatro de Boston donde los asientos costaban un promedio de $100.

Esta historia representa la prueba clarísima de un hecho en lo que muchas veces me fijo y que, creo,  igualmente hará pensar a muchos de vosotros: lamentablemente casi siempre logramos reconocer la belleza solo cuando tiene una etiqueta a su lado; la mayoría de las veces ignoramos las cosas mejores que la vida nos ofrece; estamos perdiendo la capacidad de reconocer el talento y las cosas que merecen de verdad nuestra atención. Estamos olvidando la manera de distinguir y apreciar el valor oculto de los sentimientos, de las sensaciones que enriquecen nuestra vida.

Quizá ahora miraréis con otros ojos a un músico en el metro… pensando que podría ser algún tipo famoso…, o tal vez os acordareis de que tenemos que intentar siempre reconocer y enterarnos de las cosas maravillosas que casi siempre están ocultas en un lugar no muy lejos de nuestra cotidianidad.

Aquí hay un artículo y aquí otro más sobre el experimento del Washington Post.

Anuncios