Colaboración de SITA

Decidí contaros una antigua leyenda de mi isla, la isla mas grande de Grecia, que se llama Creta. Quizás alguno de vosotros ha escuchado algo sobre el palacio de Knossos en Creta o algo sobre el laberinto de Minotauro. Pues esta es la historia del arquitecto del laberinto, Dédalo, y de su hijo Ícaro.

Después de haber construído el laberinto de Minotauro en el palacio del rey Minos, en Creta, el monarca no quería dejar a Dédalo salir de la isla. Tenía miedo que el arquitecto crease otras obras tan buenas o incluso mejores en otros lugares de Grecia. Entonces decidió mantener a Dédalo junto con su hijo Ícaro como presos en una torre de su palacio. Además, Minos obligó a Dédalo a construir armas para hacer su ejército y su marina más fuertes de lo que ya eran.

Aunque Dédalo e Ícaro tenían todas las comodidades que querían en palacio, deseaban volver a su hogar, a Atenas. Ícaro no se acordaba de Atenas, pero, sin embargo, quería poder jugar al aire libre y no quería seguír encerrado en una torre toda su vida.

Dédalo miró sobre las olas del mar Mediterráneo y se dio cuenta de que no podrían escapar con un barco porque la marina del rey les vería y capturaría inmediatamente. Por esa razón tenía que pensar en otro plan. Y eso es lo que hizo. Pidió al rey Minos algunas plumas y cera diciendo que las necesitaba para una nueva invención. Cuando las tuvo en sus manos, las trajo al techo de la torre y empezó su construcción. Pegó las plumas con la cera y construyó alas para él y su hijo. Dédalo enseñó las alas a Ícaro y el joven Ícaro se quedó impresionado cuando vio que funcionaban de verdad. A partir de ese momento, padre e hijo practicaron juntos el vuelo hasta que Ícaro fue casi tan experto como su padre.

Una mañana, Dédalo dijo a su hijo: “Ícaro, llegó la hora de volver a Atenas. Pero aunque ahora sabes volar bastante bien, no te olvides que puede ser peligroso, así que escúchame bien. Sígueme durante todo el viaje. Sólo yo conozco el camino y si no me sigues te vas a perder. Y no vueles demasiado bajo porque si no se van a mojar tus alas con la humedad del mar, su peso aumentará y no vas a poder soportarlo. Tampoco vueles demasiado alto porque el Sol calentaría tus alas, derritiendo la cera y provocando que te cayeras. ¿Me has entendido hijo?” Y el joven Ícaro asintió con la cabeza para demostrar que había entendido a su padre.

Los dos empezaron su viaje hacia Atenas. Si algunos pastores o pescadores hubieran visto a los dos volando, a lo mejor habrían pensado que eran dos pájaros muy raros o dos dioses, ya que no hubieran podido creer que dos hombres pudieran volar.

Al principio Ícaro tenía miedo porque nunca había volado tan lejos. Sin embargo, después de poco tiempo descubrió que podía hacerlo bien, así que empezó a probar cosas nuevas. Volaba con las gaviotas. Subía y de repente bajaba. Volaba lejos de su padre y daba vueltas disfrutándolo mucho. En algún instante su padre le gritó: “¡Ícaro, recuerda lo que te dije, baja inmediatamente!”.

Pero Ícaro estaba muy lejos y no podía oir a su padre. Estaba volando muy cerca del Sol y sus alas se rompieron. Su padre no podía hacer nada. Estaba muy lejos y llegó muy tarde, por lo que no pudo evitar que Ícaro cayera al mar. Dédalo rompió a llorar de pena, entristecido, y cuando llegó a Atenas nombró Icariano al mar donde había caído su hijo, e Icaria a la isla más cercana, en honor a su memoria.

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