Colaboración de JOHANNES

¡Dios mío! Después de un viaje en autobús durante la noche, esperamos a las 6:30 de la mañana en la estación de autobuses TAPO para tomar el metro. Cuando entramos, esperamos a que la gente saliera para después poder entrar, como es la costumbre en Alemania.

Una buena idea, pero no cuando se va en el Metro de la Ciudad de México. Las normas aquí son:

1. Empuja siempre.

2. Hinca los codos contra todo lo que se interpone en tu camino.

Parece que esta manera tiene buenos resultados, porque todo el mundo lo hace así. ¿Qué se puede hacer si está tan lleno a las siete y media como el metro de Múnich después de un partido del Bayern?

Después de esta horrible primera impresión, la chica de la recepción de nuestro albergue nos rebajó el precio de la habitación más de lo normal, y casualmente mencionó que ella tardaba en llegar al trabajo cada día unas 2 horas. Una forma de curso. “Simplemente la ciudad de México”, dice ella. Por lo tanto, los chilangos, como se llaman los habitantes de la ciudad de México, son relajados, atentos y amables. Y, además, muy habladores. En el resto de México, es fácil ponerse en contacto con la gente, pero aquí es pan comido.

La ciudad ya tiene más de 20 millones de habitantes, pero nadie lo sabe exactamente. Esto es sorprendente teniendo en cuenta que una gran parte del área metropolitana antiguamente consistía en lagos y pantanos, que se fueron llenando y urbanizando poco a poco. Debido a los suelos blandos algunos de los edificios antiguos en el centro de la ciudad se hunden más y más cada día, hasta el punto que su eje diagonal es preocupante. Sin embargo, desde hace varios años ponen pilares de hormigón clavados en el suelo para dar mayor estabilidad a los edificios.

El centro histórico merece la pena. Está formado por enormes edificios y bulevares de la época colonial de los españoles que crean una sensación casi europea, con el Zócalo como centro. En el amplio espacio debería estar construido un monumento gigante, pero desgraciadamente la fundación del “Zócalo” supuso su fin.

El ritmo de vida relajado en el centro histórico no puede ocultar el hecho de que la geografía de la zona no está diseñada para una ciudad de este tamaño. Desde el mirador de la Torre Latinoamericana se contempla la vasta ciudad. Observamos primero el distrito financiero de la ciudad vieja con unos edificios altos, que no llegan a ser rascacielos, asentados sobre un suelo para el cual no están hechos. Detrás, se encuentra el gran parque Bosque de Chapultepec, adyacente al distrito elegante de Poblanco, donde los ricos van de compras después del trabajo y luego aparcan su BMW enfrente de restaurantes italianos. En resumen, para la mayoría de los mexicanos sería como soñar con ir a la Luna. En las laderas de las montañas que rodean el valle se ve a lo lejos cómo los barrios pobres están creciendo. Allí los recién llegados construyen sus primeras moradas después de llegar a la capital.

Y hay más y más gente: cada año la ciudad atrae a unos 250.000 mexicanos de pequeños pueblos y aldeas en busca de trabajo y un futuro mejor. El camino por allí es duro, sin duda: la mitad de los mexicanos en edad de trabajar no tiene trabajo ni seguridad social, pero tratan de buscarse la vida de alguna manera con 50 pesos, el equivalente de € 3.20, al día.

Una buena forma es la venta ambulante en el metro, pudiendo encontrar aquí todo lo que tu corazón pueda desear, o no. Sobre todo los domingos se pueden comprar cosas tan vitales como bolígrafos, formularios de álgebra compactos y también se ofrecen libros de poesía escritos por la gente misma. Al menos las pequeñas imágenes de la Virgen María sí consiguen venderlas.

Para la diversión, por un lado nos encontramos con los vendedores con altavoces en la mochila, quienes intentan vender CDs grabados en casa con un volumen altísimo, o también con los cantantes ciegos, que están cantando mucho de soslayo con la música. Solo que nadie les escucha, al igual que nadie quiere ver a los mendigos o al artista callejero, quien al parecer, en materia de drogas, hacen volteretas encima de una bolsa de botellas de vidrio rotas y con la espalda desnuda. Simplemente no hay nada que no hubiera visto nunca como chilango y te acostumbras a todo.

A pesar de toda la pobreza y las multitudes, y en contra de su imagen, la ciudad de México está increíblemente bien organizada y limpia, y además te hace sentir muy seguro. Para idilio verdadero, se ofrece un viaje al sur de la ciudad. Hay distritos que antes eran pueblos independientes y se encerraron en el curso de las últimas décadas de la capital. Por ejemplo, en San Ángel los sábados, no sólo hay un mercado de arte bonito, sino también es aquí donde los extranjeros occidentales, por lo menos una vez a la semana, se reúnen para disfrutar de la comida casera y la riqueza, fuera del tumulto de la gran ciudad a su alrededor, aunque con un precio utópico para la mayoría de los mexicanos. Cerca, en la plaza Hidalgo de Coyoacán, la gente baila y aprecia las representaciones teatrales. En  este ambiente de fiesta sería muy fácil confundirse y meterse en una boda mexicana, ya que la iglesia de San Juan Bautista, situada cerca de esta plaza, es un lugar muy popular para casarse. Incluso a la artista Frida Kahlo le gustaba la atmósfera de pueblo pequeño que se respira aquí.

Después de unos días, cuando estás acostumbrado a la forma de vida de la ciudad, ya tienes que irte. Sin embargo, con una buena sensación en el estómago y una sonrisa en la cara. El De-efe (DF = Distrito Federal, como los mexicanos llaman a su capital), se adelanta fácilmente a las bajas expectativas de sus visitantes desde lejos. Solo de las costumbres en el Metro, tenemos que hablar de nuevo.

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