El que no inventa, no vive. Son palabras del discurso que Ana María Matute leyó el 27 de abril pasado, cuando el rey don Juan Carlos le entregó el Premio de Literatura en Lengua Castellana ‘Miguel de Cervantes’ del año 2010.

Ana María Matute tiene 85 años y parecía que nunca le darían el gran premio de las letras en español, pero por fin llegó. La escritora estaba feliz y, al mismo tiempo, muerta de miedo por el discurso que tendría que leer, según confesó ella misma.

A mí, sus palabras me encantaron y, especialmente, la frase que he destacado. Todo el discurso giró en torno a las invenciones con las que la escritora ha vivido toda su vida: lleva inventando desde que era muy niña.

Con gran sentimiento habló de su gran y único amigo de la infancia, Gorogó, el muñeco que su padre le trajo de Londres cuando ella tenía cinco años y que aún hoy le acompaña a todas partes:

“Gorogó, estás aquí —mi mejor invento—, estás a mi lado, viejo amigo, en este día inolvidable, con tu ojo derecho ya nublado, como el mío, aunque ya no luzcas aquellos cabellos negros, hirsutos, de limpiachimeneas dickensiano, aunque falten los botones de tu frac azul… ¡Cómo nos parecemos, Gorogó!”

Con humor describió su “osadía” a los dicienueve años, cuando aún llevaba calcetines -según la moda de entonces-: todos los días se iba hasta la editorial Destino con su primera novela bajo el brazo, que llevaba escrita a mano en un cuaderno de los de la posguerra.

También habló de la invención del “arzadú”, una flor que traía locos a los estudiosos de su obra porque no la encontraban por ningún lado, y de cómo ella no les reveló su verdadero origen:

“Desde aquí les pido perdón a aquellas gentes de buena voluntad. Tómenlo como lo que era: una invención más. La había introducido no sólo en algunos de mis cuentos, sino también en alguna novela; y, al fin, yo me lo creía, y me lo creo: el arzadú brota cada primavera, o cada otoño, en las vastas y ahora ya remotas colinas de los sueños”.

Sus palabras finales fueron consecuentes con esta travesura de niña inventora:

“Y me permito hacerles un ruego: si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que trasmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado”.

Releyendo los cuentos de Ana María Matute, me he encontrado con este que podéis leer aquí y, por supuesto, me lo he creído.

 

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