POR UNOS MOMENTOS, me imagino a mí misma como una viajera que llega por primera vez a España. Hablo y entiendo el español, pero salvo tres o cuatro generalidades, no conozco casi nada de este país al que acabo de llegar. Estamos a comienzos de diciembre… 

Dentro ya del aeropuerto, me encuentro con las primeras vallas publicitarias. Me llama la atención una en la que se lee: “El Gordo. ¿Y si cae aquí?” Aunque extraña, deduzco que se trata de una campaña contra la obesidad o (¿quién sabe?) de prevención de riesgos en el trabajo. 

En la cafetería de mi hotel, escucho a un grupo de españoles que hablan (bastante alto, por cierto) de la posibilidad o no de que les toque un personaje al que se refieren como “el Gordo”. ¿Se tratará de alguna superstición? Me acuerdo de la publicidad en el aeropuerto, sin que se me ocurra ninguna conexión entre ella y la conversación que continúa a mi lado. 

Brandon y Vanesa cantando el Gordo de 2008

Pues resulta que sí, que se trata de lo mismo. Por fin, me entero de que “el Gordo” es el nombre que se le da al primer premio de la Lotería Nacional, que es el juego de azar más antiguo en España.

Todas las semanas del año hay sorteos, pero el más popular, el más esperado, es el que se celebra cada 22 de diciembre. Pocos son los españoles que no juegan una cantidad, por pequeña que sea, ese día. Algunos invierten cientos de euros, o miles, con la esperanza de “que les toque el Gordo”. Comprar un décimo de Lotería de Navidad es un rito anual, incluso para quienes nunca juegan a la lotería el resto del año.

El 22 de diciembre toda España se despierta escuchando “la música” del sorteo: la de las voces de los niños de San Ildefonso cantando números y premios. Desde 1771, los niños que estudian en el Colegio de San Ildefonso de Madrid son los encargados de esta tarea.

Para cumplirla, los niños ensayan durante muchas semanas con las bolas donde están inscritos los números del sorteo y los premios. Ponen una gran ilusión en prepararse para pronunciarlos con claridad y en aprender a coordinarse con sus compañeros. Pero como dice uno de sus tutores, lo más importante de todo es que las voces tienen que sonar a Navidad.

La primera ilusión navideña que se cumple es la de un niño de San Ildefonso que ve hecho realidad su sueño de ser él, o ella, quien cante el Gordo de ese año. Después vienen las escenas de euforia de los afortunados a los que les toca, descorchando botellas de cava delante de las cámaras de televisión de toda España. Pero eso sólo sucede gracias a los niños que han puesto el timbre de sus voces al servicio de los sueños de otros:

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